Un apunte poético con in poquito de académica pedantería sobre este poeta de poetas.
Cuando Claudio Rodríguez escribió su primer poemario, “Don de la ebriedad”, apenas tenía dieciocho años. Al enviárselo a Vicente Aleixandre (cosa muy normal puesto que era aquél el maestro vivo de todos ellos y así le tomaban y se tomaba), éste, desconociendo la edad del autor, supuso que estaba ante el libro de un poeta maduro y así se lo hizo saber en la carta que le remitió tras leer el libro, advirtiéndole de la dificultad de poder escribir poesía después de aquélla obra, ante la evidente madurez poética (formal) y vital (de comprensión del mundo) que encontró entre sus páginas. El mismo titulo que encabeza este primer libro es ya de una precocidad reveladora: la juventud y su mirada son un Don, sí, mas ebrio está quién así lo posee. Y es que Claudio Rodríguez es (como lo es también San Juan de la Cruz) un ejemplo pedagógico para cualquier poeta, en el que, ya desde este primer libro, forma e intención se ajustan naturalmente, sin estridencias y con una cadencia claramente musical. ¿Por qué si no elegir endecasílabos, o emplear la rima asonante para crear tensión rítmica, estructuras bimetrales y demás hallazgos métricos clásicos? En fin, un lujo. Así que beban, beban del dulce licor de la ebriedad. Y lloren de envidia.
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