jueves, 30 de agosto de 2007

Sobre la mentira

Que todo el mundo miente ya lo sabemos, pero mentir bien es ya otro cantar y hay que tener cuidado no sea que acaben tarareándonos el refranero de turno, quiero decir que no es tarea fácil esta de faltar a la verdad de manera deliberada, a sabiendas de que manipulamos, cambiamos de orden y fantaseamos con el material de turno y a pesar de que ya sepamos todos que no hay Verdad, ni Lenguaje, ni Historia ni ninguna palabra mayestática y con Mayúsculas. Son estos tiempos de minúsculas, de palabras de poco peso, de muchísimo recelo en “Las Grandes Líneas Maestras”, como si hubiera un gran cansancio con todo lo que se impone por el tamaño o es de tamaño por que se a impuesto ya, institucionalizandose, convirtiéndose en instrumento del Poder. Siempre hay algo de verdad en el embuste, incluso muy poco de invención si me aprietan, a lo sumo recomposición de elementos, una variación en el orden y la disposición de lo ocurrido para hacer enfático lo que a priori no lo era, modulación de tonos, una armonía distinta. Decir algo a alguien es contarle una historia, hacer un cuento, convertir en narración lo que es ya experiencia. Es el relato precisamente la manera en que recordamos las cosas, nuestro mismo pensar parece así articulado. Y es que el lenguaje, que solo es cuando se materializa, lo hace en forma literaria, y todo lo que leemos, oímos, y contamos no es más que un cuento, un relato, y por eso tenemos tiempos verbales y existe una sintaxis y podemos comunicarnos.

A proposito de Claudio Rodriguez

Un apunte poético con in poquito de académica pedantería sobre este poeta de poetas.
Cuando Claudio Rodríguez escribió su primer poemario, “Don de la ebriedad”, apenas tenía dieciocho años. Al enviárselo a Vicente Aleixandre (cosa muy normal puesto que era aquél el maestro vivo de todos ellos y así le tomaban y se tomaba), éste, desconociendo la edad del autor, supuso que estaba ante el libro de un poeta maduro y así se lo hizo saber en la carta que le remitió tras leer el libro, advirtiéndole de la dificultad de poder escribir poesía después de aquélla obra, ante la evidente madurez poética (formal) y vital (de comprensión del mundo) que encontró entre sus páginas. El mismo titulo que encabeza este primer libro es ya de una precocidad reveladora: la juventud y su mirada son un Don, sí, mas ebrio está quién así lo posee. Y es que Claudio Rodríguez es (como lo es también San Juan de la Cruz) un ejemplo pedagógico para cualquier poeta, en el que, ya desde este primer libro, forma e intención se ajustan naturalmente, sin estridencias y con una cadencia claramente musical. ¿Por qué si no elegir endecasílabos, o emplear la rima asonante para crear tensión rítmica, estructuras bimetrales y demás hallazgos métricos clásicos? En fin, un lujo. Así que beban, beban del dulce licor de la ebriedad. Y lloren de envidia.

Luminosa luz

Aquí y allí luz
evitando ser cautiva,
peonza de un reflejo,
del ojo que la mira.

El pintor

Aquí y allí los tonos siguen su lógica de agitaciones enfrentadas. Arriba, la línea torcida de una pincelada carga el espacio de movimiento, en el blanco donde el nuevo color acentúa la gramática del cuadro y modula su pronunciación, el peso sólido perpetuo de la incógnita cuadrada, incógnita primera del pintor y termómetro de su pulso.

Memoria y ficcion

Inventamos recuerdos, contamos una historia por razones difusas, inacabadas, por ser amables, nos juzguen gratos o vean en nosotros a un buen tipo, un buen vecino, para creer de alguna forma que el mundo - el cotidiano, el único aprehensible, que sea o hagamos nuestro- se acompasa, nos acompaña con un gesto amable y nos tolera o incluso nos prefiere (a nuestro jefe si queremos unos días y resulta difícil decirlo así, a las claras, necesito unos días, y medimos y contamos cualquier historia rara), eso es lo que hacemos al recordar, qué otra cosa si no, contarnos una pequeña historia, una enorme epopeya, un disparate de lo que fue y cómo lo vimos, sobre cómo hubiese sido más memorable y todo lo incorporamos al recuerdo, así lo llamamos, y así llega (poco a poco o de repente) eso que recordamos, como una fábula o cuento o relato estructurado, con su voz y su tono y su ritmo y su cadencia, sus puntos de inflexión o de fuga.

lunes, 27 de agosto de 2007

Nos gusta David Lehman


Pese a que la poesía cruzó alguna vez fronteras, decir David Lehman, aquí y ahora, es como decir abracadabra, pero nos gusta David, nos pone Lehman, por cosas como esta: "Cuando un hombre ama a una mujer, él está en Nueva York y ella está en Virginia". Y nos gusta aún más porque tú sigues sin saber quién es David Lehman.

viernes, 17 de agosto de 2007

la juventud poética

Esta vez Villon: “La juventud no es más que abuso e ignorancia”, ahí queda eso, tamaña tontería montada en la rimbombancia, las verdades dichas a hierro y fuego para que abrasen, hieran y paralicen, para quedarse sólo y ser Villon, el gran hacedor de tonterías.


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El cuerpo de Spinoza

Nadie sabe lo que puede el cuerpo, decía Spinoza, punzante cabrón el pensador espina. Nadie sabe, entonces, sólo el cuerpo sabe lo que puede, él solo y sin ayuda, autónomo, libre, prescinde de nosostros para saber por su cuenta lo que sí sabe Spinoza diciéndolo sin decirlo.

De la crítica

¿Qué dice, qué dice ese crítico tonto, qué dice y redice el crítico criticón? “Unas líneas y al salón”.

Jamás de los jamases

Hay que evitar perder el tiempo, malgastarlo, no hacer con él algo provechoso. Hemos, pues, de agotarlo, exprimir hasta la última gota de jugo, usar del todo cada uno de sus segundos y llenar así los minutos y las horas y extenderse en esa intensidad días, meses, años, lustros. Envidiemos, así, a quien no tiene tiempo para nada, ni un minuto libre, ni un solo hueco en su agenda, el que cumple con él - que duda cabe- de forma completa. ¿Quién más envidiable que el hombre ocupado, para quien el día -no digamos el año- precisaría de más horas, más minutos, más segundos? El hombre ocupado al que no alcanza, que no llega, a quien falta tiempo a todas horas y todos los días y por eso va siempre corriendo de aquí para allá, corre y corre sin levantarse de la silla, con prisa y sin pausa, y revisa papeles, recibe clientes, atiende el teléfono, indica y soluciona y solventa y resuelve y motiva e incita y alienta y jalea y calcula y sopesa y mide y elige y decide, el hombre con prisa, señores, satisfecho - henchido casi - de fatiga. Qué cosa el tiempo entonces, pues si no alcanza ni llega y nos falta ¿para qué sirve? ¿sigue siendo lo que es? ¿tiene medida?





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