Hay que evitar perder el tiempo, malgastarlo, no hacer con él algo provechoso. Hemos, pues, de agotarlo, exprimir hasta la última gota de jugo, usar del todo cada uno de sus segundos y llenar así los minutos y las horas y extenderse en esa intensidad días, meses, años, lustros. Envidiemos, así, a quien no tiene tiempo para nada, ni un minuto libre, ni un solo hueco en su agenda, el que cumple con él - que duda cabe- de forma completa. ¿Quién más envidiable que el hombre ocupado, para quien el día -no digamos el año- precisaría de más horas, más minutos, más segundos? El hombre ocupado al que no alcanza, que no llega, a quien falta tiempo a todas horas y todos los días y por eso va siempre corriendo de aquí para allá, corre y corre sin levantarse de la silla, con prisa y sin pausa, y revisa papeles, recibe clientes, atiende el teléfono, indica y soluciona y solventa y resuelve y motiva e incita y alienta y jalea y calcula y sopesa y mide y elige y decide, el hombre con prisa, señores, satisfecho - henchido casi - de fatiga. Qué cosa el tiempo entonces, pues si no alcanza ni llega y nos falta ¿para qué sirve? ¿sigue siendo lo que es? ¿tiene medida?
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